Esta quinta y última entrega de los diálogos de Carlos Crosetto con su sobrino Hugo Lucchelli Bonadeo incluye el comienzo de lo que se anuncia como un libro de próxima aparición.
A pocos días de cumplirse el primer aniversario de la muerte del despojado anciano, la injusticia parece adueñarse de una sombría historia que incluye a funcionarios públicos provinciales más que sospechados.
Diálogos con Carlos Crosetto
Buenos Aires, 6 de enero de 2010
Viajo, junto a mi hermana, a la sala velatoria. Siento la injusticia como algo profundamente doloroso.
Mi tío halló la muerte como muere un niño, esperando el juguete prometido. No era un anciano, era un niño ansioso, aguardando la noticia, mirando siempre la puerta que, al abrirse, le trajera la buena nueva: “Tío, el campo es nuevamente tuyo, podés ir, es tuyo”.
- Era un roble, esa fractura de cadera precipitó todo. Hubiera llegado a ser centenario. Murmura Dora.
- El tío quería que lo cremaran. Ahora lo dudo; maltrataron tanto su cuerpo con las dos operaciones mal hechas. ¡Pobre viejo! Siento un profundo odio. Todavía podemos evitar la cremación.
- Lo haremos cremar, Hugo. Además de ser su deseo es la única garantía de no equivocarnos. Los asesinos del tío están en La Pampa.
------------------------------------
Buenos Aires, 7 de enero de 2010
Subo las escaleras.
Me cuesta un enorme esfuerzo girar la llave de la puerta.
Cuando entro, siento la ausencia de mi tío; su figura alta y delgada y su blanca cabellera enmarcadas en la puerta de su dormitorio. Su obligado “¿Sabés algo de Pico?”
Hace más de dos años que no vive conmigo. Hoy está más presente que nunca; precisamente hoy que no está ni estará más entre nosotros. Nos hizo creer que era inmortal.
Dejamos su cuerpo en el velatorio. La cremación será mañana. El martes nos entregarán sus cenizas; las llevaremos al cementerio de Gral. Pico a la nichera familiar. Descansará junto a sus padres, mis abuelos maternos.
Sé que él está aquí, en mi casa; lo presiento.
Recuerdo un cuaderno donde anoté viejas historias, un diálogo con mi que me apasionaba y que se prolongó por seis años. Tengo el cuaderno en mis manos.
Comienzo a leerlo, vuelvo a dialogar con mi tío.
- I
-¿En Buenos Aires venden la Reforma?
- No tío, sólo en La Pampa.
- ¿Y dónde leo noticias de Pico?
- No sé tío. ¿Querés viajar a Pico? Vamos, animáte.
- ¿Para qué? Dirán ahí va el viejo que se dejó estafar por un chorro de guante blanco.
- No tío, la gente sabe que se aprovecharon de tu confianza.
- Todos los chacareros sabemos que los mangiapapeles están para cagarte y la mayoría de los médicos están para dejarte en la calle si te agarra una enfermedad.
- ¿Los médicos, tío?
- Claro, Cigorraga operó de apendicitis a casi todos los chacareros y sus familias. Los internaba y la operación les costaba años de trabajo, para él todos tenían apendicitis.
- ¿Quién era Cigorraga, tío?
- Uno de los médicos de Pico, cuando el doctor, el cura y los cagatintas eran los que daban órdenes. El hermano de Cigorraga fue un asesino al servicio de los conservadores. ¡Bah! De cualquiera que lo quisiera usar. Un día asesinó a un trabajador de la municipalidad en plena calle de Pico. Dijo que tenía ganas de matar a un socialista. El pobre hombre votaba por los socialistas, entonces lo mató. Cuando bajaba del carro de regar las calles le pegó un tiro.
- Si te escucharas, hablás muy distinto a cuando llegaste, tío.
- Claro, porque aquí leo mucho, escucho mucha radio. En el campo me pasaba semanas sin ver ni hablar con nadie.
- Bueno, en eso estás mejor.
- Prefiero quedarme mudo pero estar en el campo. Mientras no te quedes sordo y puedas escuchar relinchos, mugidos y el canto de los pájaros, ¿para qué querés hablar?
Un largo silencio.
-¿Te parece que me devolverán el campo?
--------------------------
- II
- ¿Te acordás de Giraudo, tío?
- ¿Cuál de ellos?
- El rengo, el que vivía solo.
- Ese sí que era un solitario.
- Un buen hombre. Lo iba a visitar por las tardes, me dejaba buscar nidos.
- ¿Por dónde aparecía cuando llegabas?
- De la quinta.
- ¿Viste?
- ¿Qué cosa, tío?
- ¿Ibas a caballo?
- Sí.
- Te veía lo menos a mil metros antes de llegar a su casa.
- ¿Y eso, tío?
- Se decía que en su campo había construido un túnel que tenía más de cien metros y varias salidas.
- No lo creo, tío. Sólo que todo lo que había en su casa, hasta el molino lo había construido él. Me mostraba aparatos para fines increíbles. Los había ideado y construido él para su casa, para el trabajo del campo, para todo. Medio genio el hombre. Le gustaba que fueran a visitarlo, yo tenía entonces unos diez años, cuando llegaba me contaba de los pichones que había localizado y dónde estaban los nidos.
- Tío, cuando murió Don Giraudo ¿encontraron el túnel?
- No sé, vaya uno a saber
------------------------------------
- III
- Si en aquel entonces cuando vinimos a La Pampa hubiera existido un tipo como Blanco, allá en el 20, se afanaba todo, se quedaba con toda La Pampa. Antes la gente era confiada, leal, decente; un bicho como éste, además juez, los dejaba a todos en la calle.
- - Comenzamos mal el día, tío ¡a pensar en cosas lindas! Además ¡te lo he dicho tantas veces! No es juez, y esperemos no lo sea nunca. Es secretario de un juzgado penal.
- ¡Y ladrón!
- También, tío.
- Si me dijeran, perdiste el campo, los dos chorros se quedaron con tu campo, hasta sería más fácil; me moriría y listo. Me la paso pensando, la mente un rato en Pico, otro rato en La Puma, en Metileo. Ya van… ¿cuántos años?
- Seis años, tío, pero además lees, escuchas radio, ves televisión.
- Sí, pero con un solo ojo, con un solo oído, el otro está allá en el campo, en Pico, en Metileo. Aunque sea por un ratito, Blanco y Febre ¿tendrán remordimientos? ¿Pensarán que alguna vez, de viejos, les pueden hacer a ellos lo mismo que ellos me hicieron a mí?
- No sé, tío, pero vos estás con vos, eso es lo importante.
- ¡Importante un carajo! Lo importante es que los chorros estén presos, que no sean jueces ni abogados, eso es lo importante. Presos para que no sigan robando. ¡Febre! ¡Pobre Santa Agueda!
fotogracia : Angela Maria Ceriani y Nicolas Crosetto , padres de Carlos Crosetto, en La Puma . Año 1927
Por Periódico Lumbre